domingo, 28 de junio de 2015

¿Aprender cómo pensar?

Artículo: El 90% de la población no sabe cómo pensar.

Si esto es cierto entonces me pregunto en qué medida la escuela realmente juega el papel predominante en la causa raíz en comparación con el individuo mismo. Habría quienes prefieren desarrollar otros aspectos de su persona, y que prefieren cualquier otra cosa menos aprender a pensar debido a que “eso no es práctico”.

Por supuesto, un buen maestro haría la diferencia, pero saber cómo pensar es algo que el individuo deberá querer hacer por él mismo, y deberá asimismo atenerse a las consecuencias de pensar por sí mismo. Por ejemplo, divergir de las grandes cantidades de “productos” de muchos sistemas escolarizantes que aún siguen un modelo de línea de producción del segundo episodio de la revolución industrial: producir empleados obedientes.

El tema me hizo recordar el humorismo de George Carlin: education and the owners of America.

miércoles, 10 de junio de 2015

Hacer nuestra filosofía

«Si pienso el asunto de manera pausada, me causa un gran asombro que no tengamos, como raza humana, aún respuestas últimas a preguntas tan básicas como ¿de dónde venimos?, ¿qué hacemos aquí?, ¿a dónde vamos?

Desde hace muchos siglos se han intentado aproximaciones a posibles respuestas. El pensamiento científico ha logrado respuestas próximas, pero quizá las respuestas últimas no están a nuestro alcance y las preguntas filosóficas nunca han tenido la intención de tener respuesta sino historia.

Mi perplejidad no es poca al constatar que tal historia —la historia de las preguntas filosóficas y de los sistemas conceptuales para responderlas—, aun con su enorme contenido historiográfico, no resulte suficiente para satisfacer la búsqueda de una brújula que oriente a la sociedad global actual sino que sea indispensable filosofar más sobre las condiciones y circunstancias del hoy para aportar a la realidad del mañana que queremos.» — Comunidad para la indagación filosófica.

viernes, 15 de mayo de 2015

La Universidad

«Pero creo que el poder político se ejerce también por mediación de un determinado número de instituciones que aparentemente no tienen nada en común con el poder político, que aparecen como independientes cuando en realidad no lo son; esto se puede aplicar a la universidad y al conjunto del sistema escolar que en apariencia está hecho para distribuir el saber y en realidad para mantener el poder a una determinada clase social y excluir de los instrumentos de poder a cualquier otra clase social.» —Michel Foucault

La “Universidad”, en este orden de ideas, resulta como un gremio adoctrinador que usurpa el lugar de lo universal. Pero quizá el principal problema no sea ese gremio en sí sino quienes lo han puesto como el dueño de su educación propia.

La “Universidad”, como una especie de fábrica cuyos productos son a la vez clientes, depende de los estudiantes como "pacientes" que se pongan en manos de quienes dicen "saber" cómo "aliviar" su condición de no-educados. Además, el modo de vida del gremio de profesores depende de tener estudiantes, mientras que muchos estudiantes tan sólo están secuestrados por la idea de que el gremio de profesores es ineludible para su educación propia.

Por supuesto, sé que hay casos para los que no aplica mi diatriba; pero no hablo de ese conjunto —quizá diminuto— de casos sino de otro conjunto de casos en los cuales la “Universidad” tan sólo es el ensayo a menor escala de lo que después resulta en una grotesca simulación: analfabetismos que son tomados como si fuesen ilustración. Como evidencia apunto a la cantidad de casos, y su frecuencia, de personas que llegamos a una edad adulta cronológicamente pero con tal cantidad de creencias y meras opiniones que parece que la supuesta “educación universitaria” sólo sirvió para memorizar una doctrina en particular, pero no para aprender cómo pensar.

Estoy al tanto de algunas estrategias pedagógicas donde, hasta cierto punto, lo que denuncio sería parte del plan: una determinada cantidad de dogmatismo temporal debe ocurrir en las primeras etapas del recorrido de un aprendiz. Pero, los resultados de tal estrategia, por decir lo menos, son muy insatisfactorios pues a mi alrededor, a pesar de todos contar con grados universitarios e incluso posgrados, muy pocos solemos llegar a tiempo a las etapas crítica y creativa de tal tipo de estrategia. Tal estrategia no explica la situación pues está claro que ese tipo de pedagogías aplica sólo para periodos en la escala de meses, no de años. Por lo que aún no encuentro una explicación satisfactoria para el conjunto de casos que aludo, excepto la que apunta a la manera de hacer las cosas por parte del gremio que tiene secuestrada a la educación, y que dicen saber cómo encausar a esas personas que con frecuencia llegan a mi atención, que pretenden poseer conocimientos, pero que lo único que tienen son memorizaciones y nunca han siquiera escuchado de las prácticas más elementales de la epistemología.

sábado, 25 de abril de 2015

¿Para qué le ha servido?

¿Para qué le ha servido su indagación filosófica?

No pregunto para qué sirve la filosofía en general, sino para qué, amable lector, le ha servido a usted.

Mencionaré algo de mi caso, como principiante aficionado a la filosofía que, al parecer, seguiré siendo. Tener una actitud de búsqueda, de no aceptar como cerradas las preguntas de mi interés, de insistir en la retrospección y en el cuestionamiento de mis opiniones, me ha servido de una manera que ahora valoro en particular: me ha servido para tomar conciencia de un padecimiento antes insospechado. Padezco de varias formas de analfabetismo en áreas importantes de una vida adulta hoy, año 2015 de la Era Común. Pero lo notable del caso no es la trillada expresión de que todos tenemos algo nuevo por aprender cada día sino la profundidad y amplitud de la inconciencia sobre la grotesca dimensión de la ignorancia propia. Pero no la ignorancia relacionada con saber poco sino la inopia de lo falso que he supuesto como cierto; es decir, la pretensión de saber algo cuando en realidad se desconoce.

La indagación filosófica me ha servido, en este aspecto que menciono, para dudar mejor, para tomar más conciencia de que puedo estar muy equivocado y para empezar a estimar la dimensión de mi error.

Se podría decir que ese filosofar me ha servido, en este caso que menciono, no a saber más sino a evaluar lo que pretendo saber. Ese filosofar me ha servido tanto como me ha servido el cultivo del pensamiento crítico en varias áreas de la vida adulta, como lo son la historia, la religión, las ciencias, o la profesión elegida. Por ejemplo, creí saber leer y escribir más allá de lo elemental, pero no resultó cierto; pretendí saber que había un solo método científico, mas eso resultó falso; creí saber sobre cristianismo, pero no es así; pretendí saber cómo crear sistemas de software con calidad respetable, pero mi idea de calidad escasamente logró lo aceptable.

Ese filosofar ha servido para conocer un poco más quién en realidad es uno. Quien, a pesar de contar con escolarización universitaria —o quizá precisamente por ello—, apenas está tomando conciencia del tamaño de sus insuficiencias y del enorme esfuerzo de autocultivo que se le presenta por delante.

Su turno, amable lector.

viernes, 6 de marzo de 2015

Aprendizaje y cambio

He revisado una minúscula parte de la historia de las ideas pedagógicas; es decir, en la historia de la filosofía de la enseñanza, y me ocurre una mezcla entre zozobra y entusiasmo. Me aflige comprobar el profundo y extenso grado de mi analfabetismo en relación a una perspectiva amplia del concepto de educación; como si de pronto me encontrara en un valle, plácido y complaciente, mientras que el camino de la autoeducación atraviesa escarpadas laderas hacia una cumbre en apariencia inalcanzable. Además, me sobreviene un frenesí por la posibilidad de que, aunque el recorrido aparenta ser eterno, habría vivencias de aprendizaje a cada pequeño paso si estoy dispuesto a la autocrítica.

Una de las ideas pedagógicas que llama mi atención es la identidad entre aprendizaje y cambio; es decir, un significado ancestral, y supra-cultural, del aprendizaje está en el cambio o la mejora de la propia mentalidad, opiniones y conducta.

Me parece notable que las computadoras programadas competentemente para ejecutar un algoritmo con ciclos de retroalimentación puedan, de hecho, llegar a cambiar su propia programación; es decir, lograr el aprendizaje. Sin embargo, para muchos de nosotros la sola idea de cambiar nuestra propia programación mental aparenta ser algo mucho muy difícil e insoportable.

Quienes estudian el problema del conocimiento humano* dicen que tal no es posible sin ciclos de retroalimentación, de ahí la imperiosa necesidad de la autocrítica. Por ejemplo: al examinar la necedad propia. Ensayé al respecto y me ocurrió —porque los textos “nos ocurren”, como dijo Jorge Luis Borges, no “se nos ocurren”— el siguiente texto: La necedad.

*Decir «el problema del conocimiento» refiere a la dificultad en la acción de «conocer».

sábado, 18 de octubre de 2014

¿Qué es pensar de «manera científica»?

La historia de ese estilo de pensar –como suele ser el caso con la historia de las ideas en general– es un recorrido por muchos siglos. Digamos, el árbol de la ciencia observable ahora, en su condición presente, empezó hace más de 25 siglos como una simple y pequeña simiente. En ese entonces no existía el símbolo ahora conocido, es decir la palabra «ciencia», pues no había nada que necesitara un significante con el cual referir algo. La forma presente de lo referido con el signo lingüístico de la «ciencia» parece ser el resultado de tres siglos de desarrollo, desde Galileo.

Una aportación notable al entendimiento de lo que puede llamarse de maneja justificada «pensamiento científico» es la síntesis propuesta por Immanuel Kant en el debate entre racionalistas y empiristas. Sometamos a examen el esquema mostrado, que intenta aludir algunos puntos de partida para la discusión.

sábado, 4 de octubre de 2014

Las palabras y los hechos

Discutamos sobre significación en lo educativo. Es decir, sobre la acción y efecto de significar aquello que llamamos educación; o, vaya, hablemos sobre algunos signos que sirvan para encauzar o encaminar a alguien hacia el cultivo de algo. En ese respecto el siguiente caso es señal y es figura de algo que sería como educación de algún tipo.

Un general veterano, muy condecorado, recibió con atención en su recién asignada oficina a su nuevo asistente, el cual era un joven soldado lleno de nervios ante las posibilidades de su primera asignación.

—¡Señor, buenos días, soldado raso Silvino, señor! —se presenta el joven en posición firmes, y en cuyo rostro lozano y ligeramente sudoroso está dibujada la inseguridad.

—Buen día, descanse Silvino —responde cortés el general mientras se dirige a su escritorio—, su escritorio es aquel otro, tome asiento si gusta. Me ayudará con algunos asuntos por el resto de la campaña.

—Sí señor —contesta Silvino, quien prefiere permanecer de pie, y quien no puede evitar notar lo impecable del uniforme de servicio del general mientras éste camina hacia su propio escritorio.

—Lo primero será la limpieza de esta que ahora será nuestra oficina por algunos meses —indica el general, quien se quita el saco y lo cuelga en el perchero.

—De acuerdo Señor, usted ordene —dispone el joven con entereza, listo para esforzarse pues ha escuchado de la variedad de tareas en las que los asistentes suelen ayudar a un general.

—Empecemos por este pequeño cuarto de baño que tenemos aquí —dice el general mientras que Silvino teme de pronto una inminente, onerosa y poco digna tarea—. Silvino, ¿sabe usted asear un retrete? —pregunta el general al mirar directo a los ojos de Silvino y quedar inmóvil y sereno en espera de la respuesta.

—Pues…supongo…, señor —titubea Silvino al asumir lo gravoso de estar bajo órdenes incuestionables.

—Veamos, aquí parece que tenemos lo necesario —dice el general mientras remanga su camisa e inspecciona algunos utensilios y menesteres en el cuarto de baño.

Silvino, con una mezcla de sorpresa y curiosidad, se acerca al baño para intentar esclarecer qué hace el general y con qué intención.

—En breve este retrete quedará tan aseado y digno de nosotros como nosotros lo estaremos al prepararnos para estar a la altura de nuestra campaña militar —señala el general al mismo tiempo que de rodillas inicia la labor de hacer que el lugar quede libre de lo que fuere perjudicial a los sentidos.

Silvino, al ver el empeño y el desembarazo del general en una tarea que hace un minuto imaginó indigna de sí mismo, descubrió que lo único indigno hasta ese momento fue su propia predisposición. Después de algunos minutos…

—¡Terminé!, ¿qué opina Silvino?, ¿lo podrá usted hacer para la siguiente?, —apunta el general mientras se compone la camisa—. Ahora, vamos a mi escritorio para revisar los detalles de nuestra agenda para esta semana.

—De acuerdo señor, gracias —asiente Silvino al mismo tiempo que le parece recordar para sí un dicho ahora propicio, algo relacionado con una supuesta diferencia entre las palabras y los hechos, según dicen.