domingo, 11 de marzo de 2018

«género» y «sexo», otra vez

Sobre el mismo tema de la vez anterior, ahora llama mi atención la siguiente frase en el título de un boletín publicado por un centro universitario tradicional: “Centro de Investigaciones y Estudios de Género”.

Muy bien por los esfuerzos para investigar profesionalmente asuntos de primera importancia de la sexualidad humana. Pero, por favor, y precisamente por tal importancia, sugiero usar un mejor español: no es "género", sino "sexo". "Gender" del inglés no corresponde a "género" en español. En español es "sexo". Por ejemplo, la frase: "Centro de Investigaciones y Estudios Sexuales" o "Centro de Investigaciones y Estudios Inter-sexos" serían un mejor español.

El punto de esta nota es una sugerencia: usar mejor español. Cuánto más en un asunto tan importante y complejo como la sexualidad humana. Por analogía, si una persona redacta con muchas faltas de ortografía, entonces ella misma demerita la relevancia de su propio mensaje y de su supuesta aportación al tema que pretende abordar.

La palabra «género», en un español cultivado, puede indicar una categoría gramatical, i.e., un grupo de palabras, pero eso es algo distinto de su uso vulgar para hacer distinciones insulsas en el intrincado tema de la sexualidad humana. Digo ‘cultivado’ y ‘vulgar’ con referencia al nivel de conciencia sobre los hechos gramaticales y lingüísticos del caso, no en sentido peyorativo alguno.

Aclaro que esto no lo digo yo, sino algunos que demuestran saber sobre español cultivado. Por ejemplo: esta y esta otra.

Por supuesto, como en muchos temas no triviales, también los eruditos en esta materia no están todos completamente de acuerdo, sino que entre ellos hay diferencias de opinión y sus perspectivas, aunque cada una debidamente justificada, difieren. Hay eruditos quienes, por ejemplo, explican que la claridad para comunicar un mensaje hacia determinada audiencia tiene prioridad por encima de la corrección en el uso del lenguaje. Por otro lado, hay eruditos que ofrecen razones por las que tal prioridad aplica para el uso oral del lenguaje, pero no de la misma manera para el uso escrito del mismo.

Los que no somos eruditos, claro, podemos examinar la argumentación dentro del espectro cultivado de opiniones y así evaluar y tener más recursos para aplicar el criterio más adecuado para cada ocasión propia. En otras palabras, la responsabilidad de lograr el justo punto medio necesario para cada ocasión concreta pertenece a cada adulto intelectual, y tal responsabilidad no debe delegarse a segundas ni terceras personas.

domingo, 14 de mayo de 2017

Poder pedagógico

#CHUMELxHBO |¡Menos escuelas! ¡Más educación!

Sí, en parte es cierto: “los adultos” debemos hacer algo con respecto a la educación de las nuevas generaciones. Se supone que nosotros, “los adultos”, sabemos cómo hacer eso. En no pocos casos tal supuesto resulta falso.

Lo que no cabe duda es que, en buena medida, la educación de los chicos proviene no de lo que “los adultos” «dicen» sino de lo que «hacen». Los hechos materiales que los chicos observan en la conducta de “los adultos” en ocasiones tienen más poder pedagógico que cualquier discurso “educativo”.

Por ejemplo, si ahora la moda es “aprender a aprender”, entonces el primer paso no es invadir a los chicos con ese “nuevo” discurso, sino que “los adultos” retomen su propia educación y se hagan cargo de desaprender y reaprender lo que con tanta seguridad decimos saber.

miércoles, 26 de abril de 2017

Sobre erudición y eruditos.

Capítulo 21. Sobre erudición y eruditos.

244. Cuando se ven las múltiples y variadas instituciones erigidas para enseñar y aprender, y la enorme aglomeración de alumnos y profesores, se podría creer que al género humano le importan mucho el conocimiento y la verdad. Pero también aquí las apariencias engañan. Estos enseñan para ganar dinero y no aspiran a la sabiduría sino a aparentarla y a gozar de crédito por ella: y aquellos aprenden, no para adquirir conocimiento y comprensión de las cosas, sino para poder parlotear y darse importancia. En efecto, cada treinta años aparece en el mundo una nueva generación, un jovenzuelo que de nada sabe, que pretende tragarse sumariamente y con toda rapidez los resultados del saber humano acumulado durante siglos, y luego quiere ser más listo que toda la época pasada. Con ese fin se matricula en universidades y echa mano de los libros, los más recientes, que sean contemporáneos suyos y de su misma edad. ¡Todo breve y nuevo!, como nuevo es él mismo. Entonces empieza a juzgarlo todo. — No he tenido en cuenta aquí los estudios realizados para ganarse la vida.

245. Los estudiantes y graduados de todas clases y de todas las edades persiguen solamente información, no comprensión. Se empeñan en tener información de todo: de todas las piedras, plantas, batallas, experimentos, y de todos los libros sin excepción. No se les ocurre que la información es un simple medio de la comprensión y que en sí misma tiene poco o ningún valor; por el contrario, esa es la forma de pensar que caracteriza la mente filosófica. Ante la imponente erudición de aquellos sabelotodo, me digo a veces: ¡Oh, qué poco tiene que haber pensado uno para haber podido leer tanto! …

—Arthur Schopenhauer. Parerga y Paralipómena II.

sábado, 8 de abril de 2017

Filosofía, historia y ciencia

Filosofía, historia y ciencia son algunos temas generales que me han interesado desde hace algún tiempo. En realidad mi interés está, principalmente, en cómo la primera se aplica al servicio de las otras dos; es decir, me interesa la filosofía de la historia y la filosofía de la ciencia. En ocasiones encuentro alguna perla de gran valor en forma de artículo, o de libro, entre el material que exploro.

Hay otros temas, además, que en años recientes han llamado mi atención y que me gustaría llegar a entender mejor; como las disciplinas literarias.

Me gustaría aclarar la razón principal de ese interés diverso: auto-reeducación. Es decir, no para “saber más”, sino para desaprender ideas erróneas, reaprenderlas y para lograr una mayor conciencia de la enorme dimensión de lo que llamo un estado de «analfabetismo científico-filosófico» en el que me voy dando cuenta que estoy y que abarca casi todas las áreas de mi vida personal y profesional.

He elaborado un poco más sobre esto que digo en, por ejemplo, las siguientes dos notas que redacté hace tiempo:


Neo-ilustración y retrodidáctica.


Re-educación.


Aclaro que no estoy a favor de un elitismo intelectual que desdeñe lo afectivo, las emociones y los sentimientos como si fuesen algo inferior a lo meramente lógico-cerebral. Tal elitismo con frecuencia está directamente relacionado con una soberbia intelectual con la que tampoco estoy de acuerdo. Por el contrario, pienso que cualquier persona —como yo: común y corriente— podría sacudirse las tutelas de todo tipo que le subyugan si busca por sí mismo desarrollar sus facultades personales y propias; por ejemplo, al tomar mayor conciencia de que tales tutelas le pueden estar afectando negativamente cuando se tornan excesivas o permanentes. Así, cualquier persona podría lograr un mejor auto-cultivo, más amplio, que incluya tanto lo afectivo como lo intelectual —y el resto de esa complejidad llamada «persona humana»—, y podría así evitar la estrechez de miras de lo meramente intelectual (claro, y viceversa).

sábado, 11 de febrero de 2017

Confusión intercultural

Si una persona que vive en Argentina dice la palabra «torta» durante una reunión familiar para celebrar un cumpleaños, entonces sus familiares connacionales presentes pensarían en el tradicional postre ofrecido en ese tipo de celebración. En una ocasión similar en la Ciudad de México alguien usaría la palabra «pastel» para referirse al mismo tipo de postre; y la palabra «torta» referiría, por ejemplo, a un pan relleno de otros alimentos.

Lo mismo ocurre con muchas otras palabras del castellano, pero hablado en diferentes lugares del mundo.

Ese uso diverso del castellano puede causar alguna confusión inicial, pero tal confusión no perdura en tanto uno tenga disposición por acostumbrarse a esa realidad intercultural; la cual es, en general, inofensiva y, en ocasiones, incluso chistosa.

Tal confusión puede ser aun mayor entre culturas mucho más diferentes; por ejemplo, entre culturas de habla inglesa y culturas en castellano. Pero la confusión es del mismo tipo, tan sólo de mayor grado, por lo que tampoco perdura en tanto se mantenga la misma disposición mencionada.

Por ejemplo, cuando un estadounidense usa la palabra del inglés «America» de manera popular, en realidad el referente es distinto al de la palabra del castellano «América» usada de manera popular, por ejemplo, en la Ciudad de México: el primero se refiere a su país, mientras que el segundo se refiere al continente.

No hay razón suficiente para que la confusión perdure en el caso de la palabra usada para referirse al postre del cumpleaños, en el primer caso. Asimismo, no habría razón para que perdure la confusión en el segundo caso.

Aclaro que esto funciona para el uso popular de los casos mencionados. No aplica para el uso erudito del lenguaje, donde otras consideraciones entran en juego; por ejemplo, la diversidad de teorías socio-políticas y esquemas conceptuales como el «Destino Manifiesto», la «Doctrina Monroe», etc.; ni tampoco para el uso erudito del lenguaje en el contexto de la ciencia de la Geografía.

domingo, 22 de enero de 2017

¿Cómo cambiar de mentalidad?

¿Qué implica un cambio de mentalidad? Es decir, ¿cómo alguien podría cambiar su manera de vivir? ¿Cómo podría dejar atrás lo que ha conocido y vivido quizá durante muchos años?

Si alguien intentase cambiar de mentalidad, ¿quién podría guiarlo en esta nueva manera de ver su propia vida? ¿Acaso necesitará otros tutores mentales, así como los tuvo durante la infancia?

Antes de llegar a esas preguntas imagino que sería necesario lograr conciencia de que existe algún problema con la mentalidad vigente sobre un asunto determinado. Si no hay conciencia de ningún problema, entonces hay muy poco caso en siquiera empezar a preguntarse sobre un posible cambio de mentalidad.

El asunto podría ser cualquiera con tal que sea un asunto de mucha importancia personal. Podría ser, por ejemplo, sobre la vida profesional —la manera de ‘ganarse la vida’ en el contexto laboral—, o podría ser sobre algún aspecto no-trivial de la vida personal —quizá la idea de moralidad o la cosmovisión religiosa personal o el autoconcepto sociopolítico—. Por ahora no estoy interesado tanto en el asunto per se, sino en las implicaciones de cambiar de mentalidad sobre dicho asunto, o por lo menos mejorar significativamente dicha mentalidad —cualquiera que ésta sea.

Me encuentro muy propenso al error. Mi memoria está repleta de casos en que he estado muy errado y no lo supe hasta después —a veces mucho después. Entonces, lo más probable es que también hoy esté muy errado en mi mentalidad sobre algún asunto de importancia personal, pero que aún no vea con claridad la dimensión de tal error.

De antemano sé que no sería posible estar libre de todo error en asuntos tan complejos como los asuntos de importancia personal. No busco librarme de todo error, sino lograr una mayor conciencia de mis conceptos equivocados, de mis juicios falsos, de mis acciones desacertadas. Así, con un poco más de conciencia, quizá podría hacer algo al respecto. De otro modo, no deja de ser molesta la contradicción de vivir en la inopia, en la más absoluta ignorancia, sobre algo que a la vez considero de importancia personal.

No me refiero aquí al lugar común: “cada día se puede aprender algo nuevo o mejorar en algo”. Está claro que esa es una noción popular y que, por mucho, significa que mi mentalidad vigente está bien en general y sólo requiere pequeños ajustes ocasionales por aquí o por allá. En otras palabras, significa seguir haciendo más de lo mismo.

Por otro lado, la conciencia que busco intenta identificar algún problema muy grave en la base de la mentalidad vigente. Un problema que revele con claridad lo equivocado de esa mentalidad en su conjunto. Algo que signifique dejar de hacer más de lo mismo.

Algunas tradiciones judeocristianas refieren una frase en Romanos 12:2 para sugerir la necesidad de cambiar la mentalidad propia. Entiendo que la idea de cambiar de mentalidad se pueda leer ahí, en algunas exégesis en castellano contemporáneo, y que se pudiese abusar de ese texto antiguo para hacerle decir algo a favor de un proselitismo evangélico judeocristiano actual, pero —por fortuna— ninguna forma de judeocristianismo posee el monopolio del cambio de mentalidad. Tanto es así que los hechos materiales de algunos que siguen esos sistemas doctrinarios demuestran que sólo usan esa cita bíblica para su proselitismo, para adoctrinar a los neófitos, pero luego la olvidan por completo y no la aplican para el resto de sus creencias religiosas. El conjunto de temas de fondo que me interesa aquí es otro.

Un conjunto de temas que me ha intrigado por ya algún tiempo es el difícil arte y la ciencia del auto-cultivo y de la auto-crítica. La parte medular de mis preguntas es ese sufijo ‘auto–‘ (por uno mismo). La relación con los demás es inevitable pues en La granja de la cultura somos lo que los demás han hecho de nosotros, pero algo podrá hacer el individuo de sí mismo. No me interesa lo que no está en mis manos pues nada puedo hacer al respecto; por el contrario, sí me interesa aquello que está en mis manos pues ahí sí podría hacer algo. Por ejemplo, el individuo no está obligado a mantener una determinada mentalidad impuesta por los demás. Por la moralidad local sí está obligado, por ejemplo, a guardar ciertas formas de conducta pública, pero por fortuna puede cultivar su propio ejercicio ético y elegir una manera distinta de lograr sus juicios y opiniones como parte de una nueva mentalidad.

En mi indagación al respecto de ese conjunto de temas encuentro que la lectoescritura en general juega un papel enorme para un cambio de mentalidad. En particular, encuentro que entre los requisitos está la disposición y el esfuerzo para realmente exponerse al tipo de lecturas y al tipo de reflexión que ayuden al individuo a cambiar su mentalidad. El inicio quizá es tener clara la distinción entre, por un lado, la lectoescritura para información y, por otro lado, la lectoescritura para entendimiento. Tal distinción implica tener una mínima conciencia tanto de los supuestos con los que empezamos la lectoescritura como de nuestras intenciones hacia dichos supuestos. Si inicio una lectoescritura sin intención alguna de evaluar ninguno de mis supuestos, entonces se trata de lectoescritura para información; útil para acumular más información sobre un tema que ya creemos entender por completo. Por el contrario, si inicio con la intención de evaluar mis supuestos, entonces es lectoescritura para entendimiento; este otro tipo de lectoescritura sirve no para acumular más de lo mismo, sino para cambiar o mejorar mi entendimiento de un tema, y por tanto, mi mentalidad al respecto.